miércoles, 15 de julio de 2015

Flitcraft

...o un extraño Caso De Literatura.
El tema de "un hombre llamado Flitcraft", bien puede valer un ratito de lectura, imprescindible para ver lo interesante y curioso que es.  
A Paul Auster, Jean Paul Sartre, Jorge Luis Borges y Christopher Routledge ("The Flitcraft Parabole") les interesó hasta el punto de escribir sobre "Flitcraft" e incluirlo en disertaciones.
Se encuentra en uno de los Capítulos de "EL HALCÓN MALTES" (1930), de Dashiell Hammett; transcribo la parte del texto que nos ocupa, el cual recomiendo leer con mucha atención.  Lo relata el protagonista de la novela, Samuel Spade:


Capítulo VII – En el aire (extracto)
"...
 De principio, Brigid O´Shaughnessy lo escuchó con moderada atención, evidentemente más sorprendida por el hecho de que contara aquella historia que interesada en ella, más intrigada por el propósito que tenía al contarla que por la historia misma; pero a medida que se desarrollaba el relato, se sintió cada vez más fascinada, y su actitud se tornó atenta.


 Un hombre llamado Flitcraft había salido un día de su oficina de bienes raíces en Tacoma para ir a almorzar, y nunca había regresado. Faltó a una cita para jugar al golf después de las cuatro de aquella tarde, aunque él mismo había tomado la iniciativa de concertarla sólo media hora antes de salir a almorzar. Su esposa y sus hijos nunca volvieron a verlo. Aparentemente, su esposa y él estaban en excelentes relaciones. Tenían dos hijos varones, uno de cinco años y el otro de tres. Era dueño de una casa en un suburbio de Tacoma, de un Packard nuevo y de los demás accesorios que integran una próspera vida americana.


Flitcraft había heredado setenta mil dólares de su padre, y esto, unido a sus éxitos en el negocio de bienes raíces, lo hacían poseedor de unos doscientos mil dólares en la época de su desaparición. Sus asuntos estaban en regla, aunque presentaban demasiados cabos sueltos para suponer que los había puesto en orden con el propósito de desaparecer luego. Un negocio que le hubiera aportado una ganancia atrayente, por ejemplo, debía acabarse al día siguiente del de su desaparición. Nada permitía sugerir que llevara consigo más de cincuenta o sesenta dólares en el momento de su partida. Su conducta en el curso de los meses precedentes podía ser descrita tan minuciosamente que no justificaba la menor sospecha de vicios secretos o de la existencia de otra mujer en su vida, aunque ambos supuestos eran escasamente verosímiles.


Mrs. Flitcraft nos visitó y nos dijo que alguien había visto en Spokane a un hombre que se parecía mucho a su marido. Me fui hasta allí. Era Flitcraft en carne y hueso. Había estado viviendo en Spokane durante en par de años, con el nombre de Charles Pierce.


Tenia un negocio de automóviles que le rendía unos veinte o veinticinco mil dólares limpios al año, una esposa, un hijo, era dueño de una casa en un suburbio de Spokane y solía jugar al golf después de las cuatro de la tarde durante la temporada.  A Spade no se le había dicho muy definidamente lo que debía hacer cuando encontrara a Flitcraft.  Conversando en la habitación que Spade ocupaba en Danvenport, Flitcraft no tenía el menor sentimiento de culpa.  Había abandonado a su primera familia dejándola con suficientes recursos, y lo que había hecho le parecía perfectamente razonable. Lo único que le preocupaba era saber si podría explicar a Spade con bastante claridad todo lo razonable de su conducta.  Hasta entonces no había relatado su historia a nadie, y, por consiguiente, no había intentado hacer explícita su racionalidad. Lo intentó entonces. 
...
-Lo comprendí perfectamente –dijo Spade-, pero Mrs. Flitcraft no.  Pensaba que la historia era tonta.  Tal vez lo fuera.  De todos modos, el asunto terminó bien.  Ella no quería ningún escándalo y después de la mala pasada que él le había jugado (así juzgaba ella el asunto), ya no deseaba  seguir viviendo con su marido.   Así, pues, se divorciaron en secreto, y todo el mundo quedó contento.
...
 Ahora verá lo que sucedió, según me relató Flitcraft. 
Al ir aquella vez a almorzar, pasó delante de un edificio al que estaban demoliendo; sólo quedaba el esqueleto.  Una viga o algo así cayó desde ocho o diez pisos de altura, golpeando la acera a su lado.  La viga le pasó rozando, pero no lo tocó, aunque arrancó un trozo de baldosa que fue a herirlo en la mejilla.   Sólo le levantó un pedacito de piel, pero aun conservaba la cicatriz cuando lo vi. Mientras conversábamos, se la frotaba con un dedo…, bueno, con mucho afecto.  Como es natural, se quedó rígido de miedo, según dijo, pero en realidad más sobresaltado que asustado.  Sintió como si alguien hubiera alzado la tapa que cubre la vida, permitiéndole ver su mecanismo.
 Flitcraft había sido un buen ciudadano, un buen esposo y un buen padre, no por coacción exterior, sino simplemente porque era un hombre que se sentía más cómodo cuando marchaba de acuerdo con su ambiente. Lo habían educado de esa manera.  La gente que conocía era como él.   La vida que conocía era un asunto limpio, ordenado, cuerdo, responsable...   Ahora, una viga desprendida le demostraba que la vida no era fundamentalmente ninguna de esas cosas.   
  Él, el buen ciudadano, el buen esposo, el buen padre, podía ser borrado del mundo entre su oficina y el restaurante merced a la intervención de una viga desprendida. 


 Comprendió entonces que los hombres morían por azar y vivían sólo mientras la ciega casualidad los respetaba.


 No fue, esencialmente, la injusticia de todo esto lo que lo perturbó:   la aceptó no bien se repuso de la primera conmoción.   Lo que lo inquietó fue descubrir que al ordenar sus asuntos tan prolijamente había marchado en desacuerdo, y no en armonía, con la vida.   Dijo que antes de haberse alejado veinte pasos de la viga, comprendió que nunca volvería a conocer la paz hasta no haber ajustado su conducta a ese nuevo vislumbre de la esencia de la vida.    Cuando terminó su almuerzo, ya había encontrado la manera de conseguirlo.   Su vida por el azar de una viga caída; el cambiaría su vida por el azar de una mera huida.   Amaba a su familia, dijo, tal como suponía era lo corriente, pero sabía que la dejaba con suficientes recursos y que su amor por ella no pertenecía al género de los que harían penosa su ausencia.


  Se fue a Seattle aquella misma tarde –continuó Spade-, y desde allí, en barca, hasta San Francisco. Durante un par de años anduvo vagando por muchos lugares, y luego fue hacia el Noroeste, se estableció en Spokane y se casó. Su segunda mujer no se parecía a la primera en lo físico, pero tenían más puntos de semejanza que de diferencia. Ya sabe, esa clase de mujeres que juegan bien al golf y al bridge y que se enloquecen por una nueva receta de ensalada. 


 No sentía remordimientos por lo que había hecho. Le parecía bastante razonable. No creo que haya comprendido siquiera que había vuelto a atarse al mismo mecanismo del que había saltado en Tacoma. 
  
  Pero ésta es la parte del asunto que siempre me gustó más. Se adaptó al hecho de que las vigas caían, y cuando dejaron de caer, se adaptó al hecho de que ya no cayeran.
..."   
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La foto de arriba pertenece a Dashiell Hammett, autor de "El Halcón Maltés" (Maltese Falcon - 1930), una novela policíaca de primer orden, cuyo link agrego.

El relato perteneciente a "un hombre llamado Flitcraft" está insertado en "El Halcón Maltés" con poco sentido, es decir, no tiene que ver semejante asunto, con la novela que tiene un corte policial-negro soslayando bastante el aspecto psicológico de los personajes.
Es, técnicamente, una Digresión.

En cualquier otro libro que no fuera éste, y que tratara de algún asunto existencial, psicológico, sociológico o filosófico, "el caso del hombre llamado Flitcraft" sería un brillante complemento;
en otro libro de cualquier estilo, cuyo tema principal diera pié a divagar o pensar en la esencia humana -o en la fragilidad humana-, "Fliteraft" podría ser técnicamente una Perífrasis o una Alusión.


Para Christopher Routledge, "Flitcraft" es una Parábola: definición para nada errónea; en su trabajo resalta que el nuevo nombre de Flitcraft (en la ciudad de Spokane luego de "el episodio") fue la de Charles Pierce:  otro Charles Sanders Pierce fue el mayor filósofo dado por los EEUU, uno de los pensadores del Pragmatismo y de la Semiótica. A mi me supo a poco este trabajo, enfocado más al escritor Hammett y su tiempo que al señor Flitcraft y su crítica circunstancia de vida.


Para Borges, el caso del individuo "Flitcraft", emparentaba con todos los individuos:  una idea central del propio B.      Sin embargo, no puede dejarse de lado que Borges no tuvo un "episodio" del estilo "Flitcraft", sino dos, en 1938 (la muerte de su padre y un accidente doméstico que casi le costó la vida);  el escritor admitió que esos hechos cambiaron, obviamente, su forma de ver las cosas.
He leído una conferencia de B. en la que menciona a "Flitcraft" de Hammett, a "Bartleby" de Herman Melville, y a "Wakefield" de Nathaniel Hawthorne, como curiosos ejemplos de personas o personajes que "desaparecen" como individuos, de una u otra forma.

Sea de donde fuere, y si dieron lectura al texto, cada uno verá como nuestro Mr. Flitcraft nos pone al tanto de las circunstancias de la vida misma, sus cambios, sus monotonías, sus mandatos y mandamientos;  aquello de lo que estamos presos, aquello de lo que creemos no liberamos... las oportunidades, los afectos, los desarreglos.
En este sentido, el texto puede tener un profundo significado, o ser una tontera, como la califica Mrs. Flitcraft.

No podría decir qué quiso significar Dashiell Hammett con su ignoto individuo llamado Flitcraft, con su texto profundo, parabólico, elemental.
Sí tengo para mí lo que me dice el texto: de monotonías y vigas que se caen y luego desaparecen.


Un par de curiosidades: 
La figura del protagonista de "El Halcón Maltés", "Sam Spade", es muy similar a la persona de su autor, Dashiell Hammett.
En el libro en español (imagen principal, arriba, Edición Los Libros del Mirasol), la traducción del apellido "Flitcraft" se vuelve "Fliteraft".
En 1941 se filmó la película, obviamente con el nombre del Libro original y la actuación de Humphrey Bogart que tenía cara de recio, pero poca altura y musculatura, era morocho y no rubio, como el Spade del libro. Igual su papel fue muy elogiado. No hubo "remake".

Cualquiera que desee, puede enriquecer al señor "Flitcraft".




Links:


"El Halcón Maltés" (1930) (PDF- RapidShare) - Dashiell Hammett 
"La parábola de Flitcraft"  - The Reader (2008) - Chris Routeledge
"Wakefield"  (1837) - Nathaniel Hawthorne - Biblioteca Digital Ciudad Seva
"Bartleby"     (1853) - Herman Melville - Biblioteca Digital Ciudad

sábado, 21 de marzo de 2015

Casa tomada

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse.   Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina.     Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales;    ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios.   Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia.   A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos.   Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. 

Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie.     Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio.    No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada.    Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella.   A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba.   Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos.   Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa.    El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña.    Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living.     De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living;  tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada;  avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño.   Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande;   si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse;   Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles.   Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa.   Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé;   da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo.  Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos.   Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca.   Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años.   Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas.   La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo.   Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar.   Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer.   Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo.   A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy.   Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida.   Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta.   Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa.   Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa.   De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico.   La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza.   En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna.   En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella.   Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos.   Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias.   De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido.   A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra.   Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera.   Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás.   Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras.   Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene.   El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo.   Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto.   Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche.    Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle.    Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla.     No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.


Julio Cortázar
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"Casa tomada", es para mí el cuento de Cortázar que más me gusta;  es el primer texto de su libro "Bestiario", publicado en 1951.  El cuento, como la casa, nos va privando de sentimientos.  Algo de 
dejadez, renuncia, falta de convicción y la idea de exilio corren por sus líneas.

Entrevistado de 1977 por Joaquín Soler Serrano para TVE, el mismo Don Julio dio una versión al nacimiento de la historia del cuento, alejándolo de las connotaciones políticas que se dieron por muchos años.

El argumento, como todo, fue simple:  Cortázar volcó en un papel un determinado sueño que había tenido cierta noche;  en él se veía el cuento.  Luego fue agregado al personaje de su hermana, y así.
Pero mucho contenido tiene "Casa tomada":  tal vez uno para cada persona que lo lee... porque:  ¿quién, alguna vez, no se vio sintió ofuscado o invadido, por gente real o por sueños?

Curiosa historia de Julio Cortázar (1914-1984);  fue nacido Belga, de padres Argentinos, que al ser diplomáticos le dieron su nacionalidad. Posteriormente obtuvo la ciudadanía Francesa.
De niño peregrinó -sucedía la llamada 1er Guerra Mundial- por Berna, Barcelona, Madrid y Buenos Aires.
Al sur de de esta ciudad, en Banfield, Don Julio vivió el resto de su niñez y su adolescencia: algo de suburbano, algo de ese barrio sureño tiene este cuento.
O mucho.
La "Casa tomada" estaba irrefutablemente en Banfield, en el cruce de las calles Rodriguez Peña y San Martín.