lunes, 4 de diciembre de 2017

Casa tomada

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse.   Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina.     Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales;    ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios.   Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia.   A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos.   Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. 

Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie.     Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio.    No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada.    Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella.   A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba.   Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos.   Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa.    El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña.    Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living.     De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living;  tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada;  avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño.   Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande;   si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse;   Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles.   Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa.   Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé;   da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo.  Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos.   Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca.   Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años.   Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas.   La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo.   Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar.   Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer.   Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo.   A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy.   Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida.   Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta.   Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa.   Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa.   De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico.   La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza.   En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna.   En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella.   Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos.   Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias.   De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido.   A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra.   Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera.   Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás.   Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras.   Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene.   El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo.   Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto.   Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche.    Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle.    Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla.     No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.


Julio Cortázar
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"Casa tomada", es para mí el cuento de Cortázar que más me gusta;  es el primer texto de su libro "Bestiario", publicado en 1951.  El cuento, como la casa, nos va privando de sentimientos.  Algo de 
dejadez, renuncia, falta de convicción y la idea de exilio corren por sus líneas.

Entrevistado de 1977 por Joaquín Soler Serrano para TVE, el mismo Don Julio dio una versión al nacimiento de la historia del cuento, alejándolo de las connotaciones políticas que se dieron por muchos años.

El argumento, como todo, fue simple:  Cortázar volcó en un papel un determinado sueño que había tenido cierta noche;  en él se veía el cuento.  Luego fue agregado al personaje de su hermana, y así.
Pero mucho contenido tiene "Casa tomada":  tal vez uno para cada persona que lo lee... porque:  ¿quién, alguna vez, no se vio sintió ofuscado o invadido, por gente real o por sueños?

Curiosa historia de Julio Cortázar (1914-1984);  fue nacido Belga, de padres Argentinos, que al ser diplomáticos le dieron su nacionalidad. Posteriormente obtuvo la ciudadanía Francesa.
De niño peregrinó -sucedía la llamada 1er Guerra Mundial- por Berna, Barcelona, Madrid y Buenos Aires.
Al sur de de esta ciudad, en Banfield, Don Julio vivió el resto de su niñez y su adolescencia: algo de suburbano, algo de ese barrio sureño tiene este cuento.
O mucho.
La "Casa tomada" estaba irrefutablemente en Banfield, en el cruce de las calles Rodriguez Peña y San Martín.



sábado, 22 de julio de 2017

El mundo según...

Peter Sloterdijk...


Breve indispensable introducción: este artículo sobre el filósofo Peter Sloterdijk (#) está reescrito; su original de hace tres años era un abuso de previsiones hoy resueltas... en consecuencia aun las cuestiones obvias que se rescatan, mañana parecerán ridículas o banales.

Lo cierto es que seguramente quien lee estas líneas al levantarse y desayunar para ir a sus ocupaciones, predispuso parte de su tiempo para escuchar su música preferida; si está acompañado y para no joder a otro, puede haberse colocado los audífonos...
O tal vez "vió" las noticias en la TV. O encendió la radio. O leyó el diario -en papel o digital-.
O no... si no escucha nada, ni el despertador, esta nota no es para Usted. 
O sí.

Para la mayoría hay momentos antes de desayunar y salir -o simultáneamente- donde se habrá puesto en contacto con alguien a través de algún medio: mensajes de texto (sms, wap), llamados por teléfono, revisado correos electrónicos, respondiendo la primera encuesta en red, consultando el pronóstico del tiempo, o el del tránsito.
Chequeó su/s red/es social/es (si es que la/s había desactivado por la noche), interactuó con la gente que interactuó con usted.
Antes de cruzar la puerta de casa no nos damos cuenta que olvidamos llaves, plata, credenciales o medias... en tanto llevemos nuestro teléfono celular:  su ausencia suele producir un santo temor, una irremediable sensación que algo del cuerpo nos falta.

Pero aún si Usted viviera en el campo o en el más desierto de los paisajes, hoy probablemente tenga algún aparato simple a su alcance de comunicación que lo mantiene “integrado al mundo”.

Viviendo en cualquier ciudad, es muy factible que durante el día usted sienta que cunde una sola noticia; sólo una, exclusiva y luego otra... La importancia o “gama” de noticias puede dividirse en dos: "catastróficas" o "banales=hasta la estupidez" .  Así, una y otra vez hasta tratar de ocupar el centro de atención:
y luego un conjunto de ellas; éste es un estado de agregación mediática de mercadería, bolsas de temas, que cíclicamente vuelven a ser esencia de noticias de actualidad y que se negocian cotidianamente en operaciones de contado... Eso sí, prioridad: cada tema es tratado sólo hasta la correspondiente irrupción de un nuevo tema "de acuciante actualidad".
¿Lo ha percibido así alguna vez?
Es muy probable que durante el lapso de la jornada -teniendo trabajo, o buscándolo- sentirá ganas de regresar a su casa. No importa que sea un departamento de lujo, una casa en los suburbios o un simple cobertor de cartón y manta: es su hogar.
A propósito, si no tiene nada: buscaría tener alguno, por humilde que sea ese lugar.

Allí puede esperarlo su pareja, ajustándose a un modelo matrimonial convencional o absolutamente libre, que lo hace feliz. Le espera esa persona que lo complementa, lo ajusta y lo contiene; como asimismo usted le ajusta, complementa y contiene a ella.
Además, podría tener una familia!
O no; y si la tiene: ¿preferiría no tenerla, y vivir solo/a?

Al final de su día, por más básico que sea su inmueble y esté acompañado o no, cualquier señal mediática podrá brindarle hasta la hora de su sueño predeterminado, un sinfín de programas que en forma ya estudiada y programada, con el tiempo y sin duda, acabarán por serle de su agrado.
Pare de sufrir: a menudo el "zapping" –la búsqueda- resulta más interesante que el programa –lo que encuentra-.

¿Porqué?

Todos estos pre-supuestos son sólo una muy pequeña dosis de lo que el filósofo Peter Sloterdijk ha estudiado, analizado y propuesto como las "Reglas del Parque Humano", un largo conjunto de conceptos que nos prefiguran tal como si nos viéramos en un espejo.

Es el "humanismo" de hoy. Y es inevitable que todos nosotros seamos comprendidos, por "si" o por "no", en estos tipos de comportamientos específicos, que es la pequeña "punta de iceberg" de su monumental -pero no por ello no controvertida- obra.

Así, Sloterdijk denomina como "desayuno acústico" el fenómeno moderno al que el "homo-sapiens" se ha dado específicamente a principios del siglo XXI: su entrega total y sin concesiones a los medios audiovisuales y al carácter frenético y pro-neurótico de esta entrega, y a su casi "in-humano" placer de inundar nuestra actual existencia con medios, aparatos y artificios de una persistencia tan engañosamente inocua como llena de banalidad.

Para Her Peter, "el principio de la realidad" ha sido trastocado, sin darnos cuenta. O más precisamente, en forma inconsciente, lo hemos trastocado.
La "actualidad" como "cosa real" se ha basado solamente en los acontecimientos que los grandes medios producen.
Por fin, se ha reemplazado el "humanismo" casi inconsistente del siglo pasado, por otro mucho más liviano en lo conceptual, pero sólido en lo estructural: "el que confunde la actualidad comercial con la realidad del ser".

Es el final del humano como: "la persona que reconoce la realidad por vivir el mundo".
Entonces…
Ha pasado a ser: "la persona que conoce sólo la acuciante actualidad y vive una falsa descripción del mundo", y que “sólo conoce la realidad del mundo como crueldad/banalidad, con una perspectiva auxiliar que ya ha formado parte de su cuerpo, como la antena de una radio”.

Peter Sloterdijk es un brillante filósofo alemán. Intenso, provocativo pero tranquilo; alguno lo considera el "moderno Nietzsche" pero él parece no creerlo. Es más, cuando recibe alguna crítica, no vacila en tratar -monocordemente, dicen- de "malos lectores" a sus detractores, y trata de diferenciarse manifestando que él "escribe para un público común, no para otros filósofos".  Para muchos es una estrella que tendrá todo su valor pasados unos cientos de años, (y si es como él predice: “siendo leído en papel y a la luz del sol”).
El invierno alemán suele pasarlo en España.

Sus obras son tan interesantes como densas (sus libros en español son muy caros, no tengo ninguno, sólo por lo que hay en internet), de las que sobresalen para la Trilogía "Esferas". Cada libro se compone por unas 2500 páginas. Ignoro los renglones de cada página, que imagino simétrica en su conjunto (+).
En ella define como "esferas", "globos" y "espumas" toda la calidad y condición del ser humano, desde su conservado primitivismo hasta el día de hoy.
En ella convergen por igual las que llama “tres naturalezas”: la humana, la biosfera, y la artificial. El mundo de hoy es el conjunto de la tres.

Afirma que para cada persona, su "esfera" tiende a procurar un "espacio" similar al del útero que lo cobijó en sus primeros nueve meses de vida. Así, tanto un departamento como una casilla de cartón, suele definirlo como "útero-topos", siempre que el sujeto se sienta allí confortable -sin pensar en más o en menos-. Su convicción no es la caverna:  supone que el podemos considerar que estamos fuera.
Piensa que (en retrospectiva) Charles Darwin debió llamar a su libro "El Origen de la Mujer" y condicionar la historia evolutiva con el sexo femenino, no por convención, sino por convicción.
Afirma que éste hipotético libro sería "el libro del conocimiento humano".
Obviamente, debería ser escrito por una mujer.

Previene -no predice- que la "era de los combustibles fósiles" terminará en un lapso de 70 a 100 años. Fino, muy fina:  su lápiz y la cuenta...
Previene -no pronostica- que habrá entonces un lapso de oscurantismo total, sin máquinas ni electricidad.
Advierte -no imagina- que de ese proceso complejo podrá salir indemne la especie humana, de una forma que -ahora sí-, no se atreve a postular.
Mantiene una postura tan radical y compleja hacia la manipulación genética, la eugenesia y la eutanasia, que yo prefiero no abordarlo. No sabría cómo: dejo links abajo para quien quiera seguirlo.
Afirma que el "terrorismo" no apareció en el mundo el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, sino que éste lamentable suceso tuvo su "modelo" predecesor exactamente el 22 de abril de 1915, a las seis de la tarde al norte de la ciudad francesa de Ypres; en una artimaña Alemana se hicieron explotar casi 6.000 botellones de gas clorado, habiendo esperado para tal fin un par de días: un viento propicio arrastró una nube de 6 km de ancho y 1 km de alto.
Jamás se pudo saber el número de muertos franceses.

Para agregar un toque de distinción hacia su persona, propuso en 2003 que en toda clase de "Teología" o "Teosofía", sea en la Universidad que fuera, con o sin aprobación del Vaticano, se incluya una cátedra de Ginecología.

El Estado, el amor, la técnica, la energía, el matrimonio, la sexualidad, la historia, el autismo, los dioses y monstruos surgen y se evalúan en los escritos de éste alemán: dicen que parecen no existir fronteras en sus textos.
Con igual disposición habla de "los clásicos" de la filosofía, sin importar su época.
Consideran que fue una definición propia que su primer libro se llamara "Crítica de la Razón Cínica".

Suele subyugar su simpleza, su explicación de lo moderno y lo cotidiano.
Otras veces -muchas- pienso que no podría sobrevivir este europeo en ningún suburbio del conurbano, o villa de emergencia de Latinoamérica.
Ahora pienso que soy injusto -yo que soy nadie- con Peter Sloterdijk.
Aquí, por éstos lugares se agregan otras circunstancias de la realidad, y tal vez podríamos aprender a definirlas a partir de su discurso, para entenderla y mejorarla.


(#) Nacido en Karlsruhe, Alemania, 1947.
(+) El libro no se puede conseguir, pero sí editar en etapas -como aconsejo- y leerlo en secuencias desde la red. Si no se quiere gastar y se conforma con la liviana explicación siga el blog, o busque en Google, Wiki, o los link que le pongo abajo.

1 - www.petersloterdijk.net/
2 -http://pendientedemigracion.ucm.es/info/nomadas/15/avrocca_microesferas.pdf
3 - Google Books - Peter Sloterdijk (Reglas para el Parque Humano - versión PDF).
4 - https://pendientedemigracion.ucm.es/info/nomadas/17/avrocca_sloterdijk.pdf

viernes, 28 de abril de 2017

EPISODIO DEL ENEMIGO

Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro.
Se ayudaba con el bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo.

Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta.
Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego.
Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave.


Temí que el hombre se desplomara, pero dió unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.

Me incliné sobre él para que me oyera.

-Uno cree que los años pasan para uno -le dije-, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco.
Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.


Entonces me dijo con voz firme:

-Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.
Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme.

Atiné a decir:

-En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es ese niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.
-Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate.
Usted ya no puede hacer nada.


-Puedo hacer una cosa -le contesté.

-¿Cuál? -me preguntó.
-Despertarme.

Y así lo hice.


Jorge Luis Borges (1899-1986) - "Episodio del Enemigo"


Acá está presentado lo que bien podríamos decir, un esquivo cuento de J.L.B.
Normalmente se encuentra en ediciones compiladas, anteriores a la década del '80 cuando los derechos de autoría permitieron bastantes publicaciones.

Cada uno sabrá sacarle el sabor al relato, que tiene muchísimas facetas, una vez releído (cosa que aconsejo).

Una perla, la adaptación del cuento, en un minuto y medio, en japonés (traducido), obra de andrés Zaied, en este link:

 http://www.youtube.com/watch?v=0d4s2ZpEtHE

En lo personal, además de parecerme extraordinario, fue el primer cuento de Borges que elegí leer a mis hijos, cuando chicos.
Era breve, mantiene atento al lector/oyente, es fantasioso y posee un final inesperado.
Aún hoy, lo recuerdan.
Espero que Ustedes lo hayan disfrutado.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Josephine Nivison y Edward Hopper


"Summertime" (E. H.)

La vida de Gail Levin (1), Profesora de Historia especializada de Arte, dio un saltito, luego de haber escrito ya siete libros sobre el pintor Edward Hopper, y tener en borrador unos tres textos más sobre el pintor.  
De ese hallazgo, descubriremos la histora de Jo Nivinson, que llevó a Levin reconsiderar su trabajo y tratar una (quizás ya pálida) reinvidicación de la mujer en sí y como pintora.


Hopper fue un extraordinario grabador y pintor Estadounidense, simple, realista y luminoso hasta ser brillante.   Formado en los suburbios de Nyack y Nueva York, sus viajes a la Europa de “vanguardia de atelieres”, entre 1906/10, no influyeron más que la pintura clásica que vio en los principales museos.  

"City Roofs" (E. H.)

Con el tiempo y con algo que contaremos, E. H. se convertiría en el más sobresaliente pintor de su época.  La sonrisa tímida que nos llega desde las fotos no nos hacen pensar más que en un buen tipo, sosegado, sumiso y subyugado por describir lo simple y lo claro:  como si su pintura se pareciese (de alguna forma) a la persona que era.

Sin embargo, Levin descubrió en uno de los sótanos de la Galería Frank K. M. Rehn” más de 60 obras de Josephine Verstille Nivinson, la esposa de Hopper.  Además, adquirió los permisos de acceso a “Los diarios de Jo”:  una mirada detallada de su mundo íntimo, y de la pareja Nivinson-Hopper.
Edward and Jo Hopper on Cape Cod - 1927
Edward Hopper (1882-1967) vivió y trabajó -por más de cincuenta años- en un estudio de planta alta con una lejana vista al Washington Square, en Nueva York.
No había heladera o baño; los veranos eran sofocantes y durante los inviernos el carbón para la calefacción era trabajosamente cargado por cuatro tramos  escaleras;  no había una claraboya…  pese a la imagen sombría de los elementos, la habitación (maravillosamente transformada en los lienzos) brillaba de forma increíble. 
"Western Motel" (E. H.)
En la pared del fondo, entre las ventanas y junto a su caballete, Hopper había colocado un espejo:   cuando lo miraba podía ver el estudio completo detrás de él y que estaba ocupado por su esposa;  Josephine Nivison Hopper. 
Ella a su vez, lo miraba: todo el universo y su contenido se limitaba a un cuartucho de vecindario, en Nueva York.
"Room in New York" (E. H.)
La historia de Josephine Nivison (1883-1968) como artista es muy distinta y cruda en relación a la de su esposo:  ambos se casaron apenas pasados los 40, y ella dejó en manos de él su carrera de pintora y su virginidad. 
Al momento de casarse con Hopper, Jo había pintando con éxito durante 16 años: sus trabajos se había mostrado junto con obras de Modigliani, Picasso, Prendergast y Man Ray, tanto en América como en Europa.    Ella vendía regularmente dibujos y grabados para el ‘Tribune’ y el ‘Evening Post’ de New York, y el “Herald” de Chicago.  
"Jo Sketching at Good Harbor Beach" (E. H.)

Iban en “excursiones de pintura” muy a menudo: recorrían  las costas de Massachusetts –Buzzard Bay, Martha’s Wineyard, Nantucked y Cape Cod Bay-, Maine –Portland, Rockland, Bar Harbour-...
"The Long Leg" (E. H.)
"Martha McKeen" (E. H.)
o México –todas playas del atlántico, cercanas a Florida-... 
"Saltillo Mansion" (E. H.)

pero en la mayor parte del tiempo los Hopper permanecían encerrados en su pequeño espacio: ése Edificio de pocos cuartos habitados, cenando latas de conserva y escuchando los ruidos de la calle.  

En estas condiciones, las maravillosas obras y la penosa (pero aceptada) forma de vida que llevaban, resultaban explosivas.   "Pasamos juntos casi las 24 horas del día, los siete días a la semana, durante el tiempo que duramos", nos cuenta Levin que contaba Nivinson.
"New York Office" (E.H.)
Si bien pueden pasar por sórdidos chusmeríos bibliográficos, la historia nos dice que el aparente carácter sumiso de Edward se condicionaba al amor obsesivo y celoso de Nivinson.  En los ‘diarios de Jo’, ella misma confiesa que “arañé a Hopper y lo mordí hasta los huesos… lo quise amarrar pero él me abofeteó; me golpeé la cabeza contra una estantería y me quedaron las marcas”.
"Summer in the City" (E. H.)
Con un extraño humor disimulaban la mutua violencia doméstica, celebraban amorosamente los aniversarios de boda;  Jo: “realmente nos merecemos una ‘cruz de guerra’ o una ‘medalla de combate'” y Hopper: “pinté este ‘escudo de armas’ para nosotros, es un pincel y un cucharón”.
El año que se casaron (1924) Jo participó en la "Exposición Anual Colectiva del Museo de Brooklyn", dicen que sus trabajos no quedaron opacados por los de Georgia O'Keeffe o John Singer Sargent.  

"Forest Scene" (J. N.)

Fue en aquella ocasión en la que Jo recomienda la obra de Edward Hopper a los organizadores y curadores del programa;  ​​ compraron uno de sus cuadros después que la exposición había terminado: fue el segundo que había vendido Hopper en 10 años.

Al poco tiempo se le ofreció una exposición individual en la empresa que lo representaría para el resto de su vida: “Frank K. M. Rehn Galleries”.   Esta sociedad se acostumbraría a los cartelitos de “Vendido”.

 
"Room in New York" (E. H.)

A partir de ahí los Hopper se embarcaron en una existencia opaca.  Ese "encerramiento" tuvo un efecto distinto y contrario en cada uno: las paletas estallaron en tonos brillantes y Edward Hopper se convirtió en un gran éxito;  en cuanto a Jo (que comenzó a imitarlo) perdió todo su estilo y el reconocimiento. 



 "Flowers, cat, and cape" (J. N.)


Pese a todo Josephine sentía todo aquello como una especia de recompensa personal: en definitiva había sido ella la musa en que Hopper se inspirara y ejerció total control sobre la obra del hombre: “Si debe haber espacio para un solo de nosotros, sin duda debe ser él.  Puedo estar contenta y agradecida por eso.” 

"New York Movie" (E. H.)

J. Nivinson mantuvo desde entonces un registro cuidadoso de cada cuadro de Hopper, las obras producidas y vendidas, las fechas, los precios, los compradores;  escribió prácticamente toda la correspondencia de Hopper, y comenzó a redactar sus diarios, apenas meses antes de la Primer Gran Retrospectiva de E. H. en el "Museo de Arte Moderno de Nueva York".  Ella ya compraba el boleto a la posteridad de su amado.

"Chop Suey" (E. H.)

Celosa hasta la enfermedad,  ella exigió en ser la única modelo para cada mujer que fuera pintada. Y así fue, Hopper aceptó sin chistar.  Desde 1924 hasta su muerte en 1967, Hopper pintó todas mujeres que eran, en definitiva,  su mujer.  

"Self-Portrait" (J. N.)

Cabezas torneadas, ocultas, maquilladas, de caras contorneadas, rostro sombreado o al sol bajo un sombrero volado. De soberbias siluetas, pechugonas, rubias, morenas y pelirrojas.  En el mundo de los Hopper las noches se transformaban en interminables tazas de café,  estudios minuciosos, se perdían en imágenes cinematográficas: 

"Eleven a.m." (E.H.)

Jo desnuda al lado de un radiador, oscura y agachada en el tren, sobre un libro…  activa en una oficina, con un jefe tras un ventanal, apoyada en blancas columnas, sonriente y pegada a un fondo traído de Cape Bay o Nantucket… sentada de espaldas en una negra escenografía urbana.  

"City Sunlight" (E. H.)
   Las mujeres  de  Hopper  tuvieron  siempre  una  misma  edad, permanentes en cuadros de maravillosas escenas simples, presas de un evidente voyeurismo, luminosas o de oscura luminosidad.
"Automat" (E. H.)
Al pasar el tiempo, en un lamento Jo escribe en su diario: “...no soy inmune al tiempo.  Siento que el tiempo que pasa y pasa, gota a gota de mi sangre y de mi vida… ya tengo el pelo canoso, ya me cansan las modas, he perdido todos los puntos de vista propios sobre el arte y 25 años de mi vida también se han ido”.  Luego, arrepentida: "...me he transformado en actriz y estoy contenta pese a haberme quemado la pierna en la estufa, mientras posaba desnuda para ‘The Girlie Show’, me siento muy orgullosa de ello.  Además Hopper me hizo más rellena: me conforma, además, verme pelirroja”.
"drawing for The Girlie Show" (E. H.)
"The Girlie Show" (E. H.)
¿Pintaba J. Nivinson Hopper en todos esos años? Si.  Y a pesar de su marido.  

"Cape Cod" (J. N.)

Jo pintaba al mismo tiempo y con el mismo dinamismo que Hopper, buscaba también su estilo y era él también para ella, su único modelo.  Increíblemente, pintaban la misma pintura, diferente: como “El Circo”, donde el único patrón común entre los lienzos es una vieja glorieta en donde hay una pareja.

"Judson Tower, Washington Square" (J.N.)

Los Hopper tuvieron un  matrimonio  amigo,   los O’Doherty,   éstos dejaron palabras de elogio hacia  la esposa de Edward:   “ella vivía gloriosamente  entre  los  alambres  de púas que tenía E. H.,  un profundo resentimiento que se transformaba en reproches…   y los tomaba como parte de la excentricidad de los pintores. Josephine era una mujer brillante, una mujer extraordinaria”.
"Hotel Window"  (E.H)
‘Los diarios de Jo’ fueron una revelación sobre la intimidad de la pareja, y la forma que tuvo de ventilar sus frustraciones, los castigos, las comidas, el sexo, el ego, el laconismo: “esos escritos son un verdadero autorretrato”:  allí se muestra una especie de sumisión extática, casi perversa, en la cual no puede comprenderse “quién modela a quién”.
"Night Windows" (E.H.)

Pudo ser Hopper el fantástico pintor Edward Hopper, sin su esposa?    O pudo haber sido Nivinson una versión femenina “hopperiana”, de vanguardia realista Norteamericana?      Estuvo Hopper en el momento justo y en el lugar correcto, así como Jo en el momento equivocado y el lugar erróneo.  Estas cuestiones parecen desvelar a Gail Levin, también.

"drawing for Nighthawks" (E.H.)
"Nighthawks" (E.H.)
E. H. probablemente bien pudo haber sido el marido que no fue: el 
que le diera el aliciente apoyo, sin referirse a ella como artista con condescendencia y desagrado.   
También J. N.(a la que me imagino presa de un amor gigante e incondicional) podría haber quebrado esa trama encadenada, para seguir su propia suerte.
"Rooms by the sea" (E.H.)
Como sabemos diría alguien, suponemos que ya poco importa.

Están, juntos, enterrados en el Cementerio de Oak Hill de Nyack:  tienen vista al río Hudson,  como en el Departamento de Nueva York al Washington Square.



(1) Gail Levin es, además: distinguida Profesora de "Estudios sobre Pintores Norteamericanos", "Estudios sobre la Mujer y el Mundo"; coeditora y colaboradora de la "Antología de la Ética en la Arte Visuales" y muchos otros trabajos destacados en temas Sociales.  
Links: 
http://www.amazon.com/Gail-Levin/e/B000APJ92U

Cuadros de Edward Hooper;

https://www.google.com.ar/search? espv=2&biw=1455&bih=696&tbm=isch&sa=1&q=edward+hopper&oq=edward+hopper&gs_l=img.3...46295.46295.0.46621.0.0.0.0.0.0.0.0..0.0....0...1c.1.64.img..0.0.0.kdzoizkjKOs